En lo que fue un vertedero de basura en medio del barrio más violento de México -con dos millones y medio de habitantes arracimados a la entrada de la capital-, se abrió hace más de siete años el Faro de Oriente, un proyecto artístico y comunitario financiado por el ayuntamiento del DF.
Además de que cada trimestre entran 1.500 nuevos alumnos, el Faro -dice uno de sus usuarios- “presta atención a unas 300.000 personas al año en actos y servicios sociales a la comunidad”, sobre todo jornadas de salud y atención médica preventiva. El director realza: “No damos notas, no pasamos lista, somos una escuela informal”. Y llega el arraigo: “Los alumnos siguen viniendo, piden más, lo consideran como su casa”.
Aarón, el Duende, es de los alumnos más antiguos del Faro. Sin este lugar, dice, “seguiría siendo un borracho drogadicto y haciendo maldades”. Ahora es un pintor y escultor cotizado que expone y vende en el extranjero. Con esencia y expresividad de chavo, o chaval, del barrio: “El Faro me dio oportunidad de todas las cosas chidas (buenas), buenas. Muy buena vibra, gente muy interesante. Tocan mis grupos favoritos y me saludan, estoy con ellos”.
El Duende sigue con vehemencia: “Soy hijo del Faro. Un chingo (gran cantidad) de cosas me ha dado el Faro. No lo dejo, aún estoy con él. Me dicen los maestros: no, pues parece que el Faro te lo pusieron a ti, mano, tú eres el que más lo gozas”. Ahora está en el colectivo que trabaja en obras grandes. Elaboraron el decorado de las fiestas de muertos en el Zócalo, igual que preparan las de la fiesta de la primavera. En el patio se acumulan las “piezas para reciclar”, enormes figuras, carrozas, barcos.
Aarón vive cerca. Dice: “A mis vecinos no les interesa el Faro. Les gusta más irse drogando, robar, raro es el que quiere venir aquí”. Más bien se mueven en el entorno, donde los miércoles se reúnen 10.000 tianguistas, comerciantes ambulantes, en un increíble mercado de intercambio y venta de objetos robados e inútiles. Desde lo más alto del Faro, junto a la gran y animada biblioteca, Cali comenta: “Hasta donde te den tus ojos, no hay un espacio para la cultura ni un lugar de convivencia”.
Un mar de casuchas se extiende hasta el infinito. El viejo luchador social señala: “¿Ve la enorme bomba que es esta aglomeración de inmigrantes? Dos millones y medio, el 80% en condiciones de pobreza extrema. Más del 70% son menores de 30 años, ganan un promedio de tres euros al día, tienen una escolaridad solo de primaria. Iztapalapa es un reflejo del país, donde el paro alcanza a ocho millones de jóvenes”.
Feudo del narcotráfico
Agustín Estrada pasa a lo peor: “Esto es la entrada de las drogas a la ciudad, a cada rato decomisan aquí toneladas de cocaína. Y el narcotráfico ha armado a los antiguos chavos-banda”. Estamos en la frontera, a tres calles del estado de México, vecino a la capital, y su municipio de Netza, gran exportador de mano de obra a EEUU. “Regresan enfermos de sida”, añade Cali. Y “no había un proyecto cultural para remediar ese tejido”.
Aquí, varias parejas se besan bajo los pinos que la gente del Faro ha logrado arrancar a una tierra salada. Los domingos, mucha gente del barrio viene de día del campo. “Con respeto, se puede hacer lo que sea. El espacio es de la comunidad”. Aunque sigue la pugna con muchos otros marginados: “Se nos meten a fumar piedra, hay que hablar mucho con ellos. Mas no se puede ayudar a los que no quieren dejarse ayudar”. Cali es el último de los fundadores. Otro de ellos, comenta: “Está haciendo Faros con Hugo Chávez”.
Balance del anterior director
El próximo 24 de junio el Faro de Oriente cumple 7 años de vida. Considero que el tiempo que ha pasado es suficiente para realizar un balance de su labor y de su proyección en el futuro.
Las condiciones que dieron origen al Faro de Oriente fueron muy particulares; el primer gobierno electo en la ciudad de México en 1997 representaba una esperanza de cambio profundo en las relaciones entre el poder y los habitantes de la capital, el gobierno tenía poco tiempo y una enorme expectativa creada, era necesario realizar obras de largo alcance y siempre contra reloj.
El Faro contó con una legitimidad inicial que sobrevive a la fecha. Un gran proyecto cultural en la periferia de la ciudad, es siempre un proyecto necesario. El Faro nació en el lugar correcto y al servicio de una comunidad que poco a poco se apoderó de él y lo asumió como parte de su vida cotidiana, como parte de su presente y de su futuro.
Después de su fundación los años siguientes se caracterizaron por dos fenómenos. Por un lado la integración silenciosa de una comunidad artística y cultural con el proyecto del Faro de Oriente; y por el otro la incomprensión de las autoridades culturales de las características y alcances del proyecto. Fueron años en los que el Faro necesitaba, paradójicamente, consolidarse y a la vez sobrevivir.
Fue hasta finales de 2004 cuando la comisión de cultural de la Asamblea Legislativa del D.F. -encabezada por la entonces diputada local Maria Rojo-, después de una visita al Faro de Oriente, decidió promover un punto de acuerdo para dotar a la Secretaría de Cultura de la Ciudad de un pequeño presupuesto para iniciar la creación de dos Faros más; así es como surgen las iniciativas de desarrollo de los Faros de Tlahuac y Milpa alta.
Por primera vez las autoridades consideraron al Faro como un proyecto estratégico; por su función artística y cultural, por su contribución en la reconstrucción del tejido social en un entorno conflictivo, y por las grandes posibilidades (considerando siempre las particularidades de las distintas zonas) de construir centros culturales de naturaleza semejante. Sin embargo, estos dos nuevos faros contaron con menos presupuesto e infraestructura que el de Oriente.
Durante su campaña por la jefatura de Gobierno, Marcelo Ebrard prometió la creación de cinco fábricas de artes y oficios más. Este compromiso, del todo loable, implica un reto para la administración actual, que no ha dado señas de estar dispuesta a valorar la experiencia comunitaria, participativa y de apropiación ciudadana del Faro; resulta entonces que uno de los principales logros del proyecto, es visto ahora como una amenaza.
Un ejemplo ilustrativo es la negativa de la nueva administración de escuchar a la comunidad del Faro de Oriente en el nombramiento del nuevo director; se proponía realizar una transición participativa, democrática y transparente. Ante una petición respetuosa la respuesta fue una promesa de diálogo incumplida. Otro ejemplo es el reciente despido de la directora del Faro Milpa Alta, nuevamente sin considerar la opinión de una comunidad especialmente participativa y sin una evaluación seria del trabajo realizado.
La incorporación de una lógica política en el crecimiento de la red faros (en el sentido de ver al proyecto como un espacio para satisfacer las necesidades clientelares de algunos grupos o como un botín a ser repartido) y el alejamiento de la comunidad cultural para la creación de los nuevos, son riesgos latentes. Si la ubicación y organización de los nuevos faros responde a una lógica de intereses de grupos políticos y no a razones de distribución y acceso a los bienes culturales por parte de la población, estaremos sepultando esta iniciativa.
Sin demeritar nuevas experiencias, considero que el futuro de la red de faros esta relacionado con que las nuevas autoridades puedan rescatar la experiencia de la comunidad del Faro de Oriente: talleristas, alumnos y autoridades tienen un camino andado. Hablar con ellos, aunque sean críticos, es un camino que hay que recorrer para dar la oportunidad de no volver a caer en los errores cometidos en el pasado y potenciar los aciertos para el futuro.
No puedo más que desearle éxito a la comunidad del Faro de Oriente. El trabajo de todos estos años los ha colocado en el debate sobre la ciudad que queremos, y los ha hecho protagonistas y partícipes de la vida cultural de la ciudad; esta comunidad ha puesto de manifiesto, como lo dijo alguna vez un artista formado en el Faro, que “la cultura no sólo es un derecho, es una necesidad”.
Benjamín González Pérez
Director fundador del Faro de Oriente







